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Carlos Sáez, El libro electrónico [1] (© Scrineum 2000).

1. Introducción

Cuando hacia el cuarto milenio antes de JC. los sumerios comenzaron a utilizar signos gráficos, no lo hicieron para narrar historias ni para escribir libros, sino para llevar su contabilidad. Parece que fue ésta la primera misión de sus escritos, que cumplían así una función más pobre y elemental que las complejas grafías esquemáticas prehistóricas, mucho más expresivas y comunicativas. Sólo unos mil años después se escribió la primera historia y la difusión masiva de relatos no llegó hasta cuatro milenios más tarde. La literatura fue en este largo período más bien un arte oral que se apoyaba en representaciones escénicas, imágenes y sonido, y en la relación con el público, que criticaba o animaba. Esta situación no cambió sustancialmente hasta la aparición de la imprenta.
En este largo período el concepto libro tuvo diversos formatos. Quienes nos hemos dedicado a la enseñanza de la codicología los hemos comentado con frecuencia: el rollo o volumen y su competidor, a partir del siglo I de nuestra era, el codex o códice. El siguiente paso del progreso textual está constituido por el nacimiento de la imprenta y del libro impreso, que poco a poco fue asumiendo el papel de los manuscritos, aunque no de forma drástica, cómo se ha escrito con frecuencia. Pero conviene decir que el paso de un formato a otro nunca supuso una ruptura total, sino que cada etapa toma elementos importantes de la anterior: el codex adopta las columnas del rollo, el libro impreso la página del codex y, como veremos, el llamado libro electrónico, sigue usando de manera casi exclusiva la página de sus inmediatos predecesores como principal nexo de comunicación con el lector.

Llegados a nuestros días, es necesario mencionar otras innovaciones en las que hoy se plasman los textos que constituyen los libros, puesto que, como ha señalado Roger Chartier los autores no escriben libros, escriben textos que se transforman en objetos escritos, manuscritos, grabados, impresos ... Nos referimos, en primer lugar, a los escritos luminosos o microformas, esencialmente la microficha y el microfilm. Hoy en día todavía existen muchas empresas que se dedican a microfilmar fondos de archivos, bibliotecas y de particulares, y todas ellas son relativamente recientes: en 1975 había dos en toda España, en 1985 cuatro, en 1991 once. Sólo después su número se dispara, aunque en los últimos años se ha producido en ellas el salto hacia el disco óptico. Muchos proyectos de microfilmación han sido suspendidos o substituidos por la digitalización y la duplicación en microformas acabará por ser abandonada.
De estos últimos elementos podríamos saltar a los más sencillos soportes informáticos transportables, los disquetes de varios diámetros de los que hoy prácticamente sólo usamos de 3 1/4 pulgadas, aunque ya se comercializan hace algún tiempo, y a precios asequibles, discos de mayor capacidad, discos duros extraibles y transportables, y unidades para el almacenamiento y transporte de datos de gran cabida. La utilidad inmediata de estos elementos es innegable, a pesar de la incredulidad de José Saramago, incapaz de entender como el texto completo de una de sus novelas puede tener cabida en este objeto tosco de plástico y metal.

Pero los discos ópticos constituyen hoy el postrero eslabón en el almacenamiento físico de datos y, por tanto, también en la reproducción y difusión de información y, entre ésta, de los textos que forman los libros. Los discos ópticos nos acercan a un término que cada vez se usa más en nuestros días: el libro electrónico. Pero qué se entiende en realidad por libro electrónico? Varias cosas.

 

2. Los e-books

En primer lugar, el llamado papel digital, un descubrimiento del Instituto de Tecnología de Massachusetts cuyo director, Nicholas Negroponte, comenzó a darle publicidad hace ya algunos años. Este invento hace posible la fabricación de libros iguales a los de siempre, con su mismo tacto, peso y olor, pero que poseen las cualidades de una pantalla de ordenador. Asimismo, pueden adoptar la forma de periódicos que se materializarán en una pantalla plana recargable que evitará el uso del papel. Cada nuevo día tendremos acceso desde ellas a las noticias que los editores pongan en circulación. [2]
Por muy fantástico que el descubrimiento parezca, varios tipos de estos libros, que son designados con el nombre de e-book (electronic book) o con otros más complejos, comenzaron a comercializarse a finales de 1998. Diferentes empresas, americanas y japonesas, han lanzado o pretenden lanzar al mercado un objeto, del tamaño y forma de un libro convencional, que no esconde sino un ordenador de pequeño formato dotado de una o dos pantallas, equivalentes a una o a las dos páginas que un lector ve en un libro abierto, en color o blanco y negro, por las que pueden pasar con absoluta fidelidad las páginas de un libro, incunable o manuscrito, de una revista o de un periódico que el usuario puede descargar a su gusto, eso sí, previo pago de un canon en concepto de enlace o suscripción.

Con este nuevo 'libro', que se anuncia de uso sencillo, cae otra de las barreras que limitaban la lectura en los ordenadores: podremos llevar e-books a la playa, a la bañera o a la cama. Uno de los modelos que se han anunciado incluso permitirá tomar notas y apuntes en una zona de su pantalla. Asimismo, las empresas fabricantes han encontrado un rápido apoyo en los grupos editoriales que, sin pensar que el libro clásico vaya a desaparecer, ven en este invento una nueva vía para la venta de todo tipo de obras con grandes ahorros, pues se evitan reimpresiones, gastos de papel y devoluciones, y los libros no se agotan nunca. Además, su propagación evitará la tala de árboles y la contaminación que produce la fabricación de papel. En cuanto a los precios del producto, los aparatos más baratos comercializados en los EE.UU. en 1999 se anunciaban a unas 40.000 pesetas, a las que hay que añadir una cuota mensual algo superior a las mil.
Por contra, por el momento no existe un estándar en el nuevo libro, sino que hay varias compañías desarrollando modelos paralelos y diferentes entre sí. No obstante, es previsible que la cordura se imponga y que tarde o temprano la tan deseable como necesaria compatibilidad general sea un hecho. Quizás a través de estos nuevos libros pueda cumplirse algún día el sueño de Borges, en el que un lector ideal pueda llegar a tener a su disposición una inmensa biblioteca con todos los libros imaginables.

3. Los CD-ROM

Pero, si prescindimos de este novedoso producto, por libro electrónico se entiende con más frecuencia un texto grabado en un disco óptico o CD-ROM formato en el que se han divulgado ya una gran cantidad de obras. Los CD-ROM son elementos que hoy están desarrollándose de manera espectacular y que forman parte de la vida de todos nosotros. Estos discos nacieron aplicados al sonido y su origen se puede se puede situar hacia 1982. Desde entonces el éxito de los compact-disc ha sido total: se han vendido cientos de millones de equipos y miles de millones de discos. Los CD-ROM supusieron la aplicación de este formato óptico musical al mundo de los ordenadores, y han tenido un éxito parecido. Sólo en 1996 se vendieron 35 millones de lectores de CD-ROM y después esta cifra se disparó.

Los CD son muy prácticos para almacenar sonido y datos, pero su utilidad es limitada si se trabaja con imágenes. El espacio físico de que disponen es demasiado corto para reproducir escenas largas y menos películas completas con buen sonido. Pero este problema ya ha sido resuelto. Una nueva generación de discos ópticos acaba de aparecer en nuestros mercados y tarde o temprano, como ocurrió con el vinilo, los actuales CD serán sustituidos por los DVD.

4. DVD

El origen del nuevo producto se remonta a 1995, cuando diez grandes compañías mundiales de electrónica unieron sus esfuerzos, a pesar de ser rivales comerciales, para crear los discos, que se denominan DVD (siglas de Disco Versátil Digital), intentando, entre otras cosas, asegurar una compatibilidad total en el artículo resultante. Este acuerdo es un hecho sin precedentes: diez grandes competidores colaboraron aplicando lo mejor de su tecnología para crear un producto común, que se impondrá en el mundo informático. De hecho, se está imponiendo ya. [3]

La principal ventaja del nuevo formato radica en que permitirá almacenar 25 veces más información que los actuales discos. Su tamaño, en cambio, es el mismo que el de un CD convencional, aunque estos discos sólo tienen una cara y una capa donde grabar datos, mientras que los DVD pueden llegar a tener dos caras, cada una de ellas con una o dos capas o sustratos.
La capacidad absoluta de estos discos es muy elevada. Un CD normal admite unos 650Mb mientras que en cada una de las capas o sustratos del DVD caben 4,5Gb o 4500Mb. El total de las cuatro capas por tanto es de unos 17Gb. Además, los DVD tienen otras ventajas: los nuevos lectores serán más rápidos que los actuales, lo cual redundará en el acceso y recuperación de la información, y los discos se deteriorarán con más dificultad por calor, humedad o torceduras, pues las capas donde se almacena la información son de ínfimo tamaño.

En realidad, la aplicación que dio origen al DVD es la reproducción de películas. Los discos están pensados para almacenar imágenes con sonido digital y alcanzarán una calidad idéntica a la de los largometrajes difundidos en salas de cine. Cualquier película de larga duración cabe en un DVD, pero es necesario comprimirla (y descomprimirla) mediante un lenguaje especial. Pero la mayor capacidad y velocidad de los DVD también redundará en otros campos. Juegos, programas educativos, obras de consulta (diccionarios, enciclopedias, libros en general) tendrán un coste mucho menor que hoy, pues producir un DVD cuesta lo mismo que producir un CD.

Pero todavía hay más en el fugaz curso de la electrónica. En el canal televisivo norteamericano CNN apareció a finales del pasado el 1997 una noticia, cuyo origen era el laboratorio de la Universidad de Santa Bárbara (EE.UU.), según la cual unos estudiantes graduados habían descubierto, después de dos años de investigación, un nuevo disco en el que se podría grabar el contenido de 72 CD-ROM actuales. Sin embargo, no hemos vuelto a tener noticias sobre este postrero desarrollo de los discos ópticos, por lo que es obligado volver a dirigir el discurso hacia los DVD. Se ha dicho que en uno de estos discos caben 17Gb. Pero, cómo llenar de textos, con o sin imágenes, semejante espacio?

5. El archivo o la biblioteca en casa

Para responder a esta pregunta utilizaremos como hilo conductor un tipo especial de manuscritos. Todos hemos oído hablar de la costumbre medieval de formar códices misceláneos, que son aquellos constituidos por fragmentos de obras diversas que podían tener un vínculo temático entre sí o que podían estar formados simplemente por textos que interesaban de manera personal a un determinado estudioso. Esta costumbre fue heredada por el libro impreso en ambientes profesionales y eruditos. En ellos se produce un tipo de ejemplar que, como el códice misceláneo, está compuesto por pequeñas obras diferentes que interesaban a una persona en particular. Estos tomos son en realidad reencuadernaciones de diferentes textos, que en muchos casos se guillotinaban de nuevo para llegar a formar un único volumen de formato regular. Esta costumbre estuvo muy desarrollada en el s. XIX y llegó casi hasta nuestros días. Quizás no sea necesario explicar que las primitivas xerocopias y las actuales fotocopias acabaron con este sistema de unión y almacenamiento de textos. Hoy fotocopiamos los artículos que nos interesan y los encuadernamos o no, puesto que la fotocopia no es pieza única y se puede volver a conseguir con facilidad.
Volviendo a los libros misceláneos, la producción de este tipo de obras en soporte magnético (CD o DVD) es hoy una posibilidad real. Por este sistema podríamos elaborar discos personales con los trabajos de nuestro interés, procedentes de separatas, artículos, apuntes etc. Todo puede ser almacenado en discos. Y este proceso se puede aplicar a la producción completa de un autor determinado (como de hecho ya existe con las obras de Shakespeare o de Cervantes, por ejemplo). La idea es atractiva pero plantea algún problema, el principal el tiempo que llevaría pasar de soporte papel a soporte digital un material escrito voluminoso. Es necesario digitalizar cada página de forma individual y después grabar todo el material obtenido en el disco óptico. Pero infinidad de empresas se dedican ya a estos menesteres. Incluso la Universidad de Alcalá cuenta con un servicio especializado que a precios muy bajos lleva a cabo digitalizaciones para la comunidad universitaria. Y hoy la grabación doméstica también está a nuestro alcance, es barata y forma ya parte de la vida de muchos de nosotros.

Las ventajas de la aplicación de este proceso a un fondo escrito son espectaculares. En primer lugar, supondría una reducción drástica del espacio ocupado por una colección de libros. Por ejemplo, mi colección de separatas, que conservo almacenadas en unas 50 cajas archivo de cartón, quedaría reducida a otros tantos CD-ROM, o a dos únicos DVD. Pero encontramos un ejemplo más cercano al mundo profesional en la reducción que supondría pasar a CD-ROM los 230 metros que, aproximadamente, ocupan apiladas las revistas médicas recogidas en el índice anual de Medline. Este caudal bibliográfico quedaría reducido a menos de mil discos ópticos que uno al lado de otro no superarían los diez metros.
Pero sigamos con nuestro 'libro electrónico' y con sus posibilidades. En el campo profesional (sobre todo en bibliotecas) los CD-ROM con textos se utilizan ya con frecuencia. Todas nuestras bibliotecas poseen discos de muy variado contenido. Pero este hecho va a plantear pronto un problema de acceso. Hoy en día la entrega individual de libros a los usuarios supone un trabajo ímprobo para el bibliotecario. Si estos libros estuvieran en formato CD (cosa que por el momento es utópica) se podría ahorrar mucho esfuerzo en la entrega y devolución del material. Pero aún así, si se utilizan diferentes discos, estos deberán ser entregados al usuario que los solicite, o si acaso introducidos en el correspondiente lector para permitir su acceso, como si fueran libros en formato codex. Es decir, en definitiva el bibliotecario (o archivero) tiene que hacer un trabajo manual parecido. Y ya la oferta de CD-ROM es enorme: manuales, diccionarios, enciclopedias, obras de consulta e infinidad de monografías se encuentran ya en este formato.
Así pues, llegamos a la conclusión de que a la larga no se podrá mantener a un funcionario introduciendo discos en un lector cada vez que un usuario lo solicite. Pero la solución a este problema está inventada hace años. Muchos de nosotros recordamos aquellas máquinas automáticas de discos de las películas de la época de Elvis Presley en las que, previa introducción de una moneda, se podía elegir un disco simplemente apretando el botón de su número: el jukebox. Y este sistema está ya introducido en la informática. Existen jukeboxes con capacidad para cien y hasta para quinientos discos. Si pensamos que éstos pueden ser DVD, el volumen de información que es posible acopiar en uno de estos lectores es inimaginable.
Estos aparatos serán una solución en un futuro próximo en nuestras bibliotecas y archivos, donde el usuario sólo tendrá que pedir a través de una terminal el disco que desea consultar y el jukebox le permitirá leerlo. Este sistema múltiple ha penetrado ya en el mercado doméstico y desde el pasado año hemos tenido noticias de ordenadores con cuatro lectores de discos ópticos. Y, en todo caso, con la capacidad de almacenamiento de los DVD, podríamos en un futuro próximo tener acceso desde nuestros domicilios a gran cantidad de textos e incluso amplios fondos de archivos y bibliotecas.
Esta última afirmación nos conecta con soluciones más futuristas: los discos ópticos con fondos de archivos públicos podrían ser comercializados o su contenido puesto en Internet, lo cual produciría al usuario (y también a la Administración) beneficios adicionales, como ahorro de tiempo y económico, pues se evitarían viajes, estancias y consultas in situ, o de preservación de los originales. Este proceso en realidad sería muy barato, pues duplicar discos ópticos o poner una página en la red cuesta muy poco. Pero hay voluntad para ello?

Es necesario hacer al menos una breve alusión a otro factor que por el momento impide el paso de textos al formato de discos ópticos: los intereses económicos de autores y editoriales. Muchos escritores y todas las editoriales viven de la venta de sus textos y si éstos se plasman en formato digital su precio aumenta de manera considerable. Diccionarios, enciclopedias u obras de autor en CD-ROM tienen hoy por hoy un precio superior al que tendrían impresos en papel. Y hablamos de precios altos, pero en ocasiones algunos se pueden considerar escandalosos y totalmente inaccesibles tanto a usuarios singulares como a instituciones. [4] Por ello no resulta difícil adivinar que los usuarios poco a poco se volcarán hacia las páginas de Internet, en las que la oferta de textos cada vez es más amplia y donde el acceso, por el momento, suele ser gratuito.

6. Mercado negro

Dos cuestiones aludidas, por tanto, se enfrentan claramente entre sí: los altos precios de algunos textos en formato digital y los bajos precios de su reproducción. Ambas nos llevan a otro tema candente que afecta al mundo del libro, la piratería. La facilidad de reproducción de los discos hace que se utilicen cada vez con más frecuencia para copiar de manera ilegal programas, música, textos y datos de todo tipo. Los propietarios de los programas y de datos afirman que sus pérdidas son astronómicas y se miden en miles de millones. De hecho, los CD son una verdadera panacea para el pirata puesto que en ellos cabe mucha información, se reproducen con gran facilidad, los datos no se deterioran en el proceso de copia y su precio es realmente bajo. Además, la información se puede comprimir, de forma que en un disco normal se podrían grabar, por ejemplo, todos los programas de Microsoft. Así, algo que en el mercado cuesta millones se podría vender por dos o tres mil pesetas con beneficio para el pirata.
Estas razones, entre otras, han provocado que los fabricantes de los DVD hayan trabajado con más lentitud de la previsible en su difusión condicionados por el temor a un pirateo masivo de productos. Por ello, han introducido un nuevo factor técnico en estos discos, cuyo objetivo es reducir la piratería. El mundo ha sido dividido en seis zonas con el fin de evitar los perjuicios económicos de las exportaciones ilegales. Los discos fabricados en cada una de estas zonas están dotados de una codificación regional que impide su reproducción en aparatos fabricados en las demás. Así pues, si adquirimos un reproductor en España, que pertenece a la zona 2, sólo podremos emplear en él discos procedentes de Europa, Oriente Medio, Sudáfrica y Japón. La localización de este último país en la zona europea resulta muy significativa, puesto que de esta forma los Estados Unidos, que forman la zona 1 con Canadá, se liberan de la invasión de productos japoneses y la dirigen precisamente hacia nosotros. Las demás zonas, de manera aproximada, son: las islas del Océano Índico y Corea; Centro y Sudamérica, Australia y Oceanía; Oriente lejano, África y Asia; y, por último, China. Resulta significativo que en esta división se haya aislado a China, que es el país sobre el que recaen las mayores sospechas y acusaciones de piratería masiva. Desde la introducción del DVD los chinos ya sólo podrán vender lo que fabrican dentro de su propio país. [5]

7. El libro sin letra

Todos los 'libros' mencionados hasta aquí resultan ser más o menos similares en cuanto a sus características externas: están basados en la página como elemento de comunicación con el lector. Además todos tienen o pueden tener imágenes y sólo el libro electrónico presenta alguna novedad: los textos enlazados entre sí, o hipertextos [6]. Editoriales como Penguin y Atlantic Disk Publishers han editado obras, generalmente novelas de aventuras y de ciencia ficción, en las que a los textos se añaden imágenes y sonido. En ellas se puede utilizar el ratón para pinchar diversos iconos que suministran información adicional al lector: qué artículos científicos ha consultado el autor para escribir la obra, textos aclaratorios, fotografías de ambientación de una escena determinada, etc. El hipertexto, por tanto, ha modificado la trayectoria del lector deseoso de obtener información adicional. Normalmente acudiría a otros libros, depositados en alguna biblioteca, con el fin de recabar nuevos datos sobre el tema de su interés, mientras que en el caso del 'libro electrónico' son los hipertextos los que le conducen hacia esta información complementaria.
Pero hoy se dice también que el futuro del CD-ROM irá por otro camino, la pérdida de la letra, que será sustituida por imágenes y sonido. Estas capacidades futuras del libro electrónico quizás podamos imaginarlas a través del relato From Alice to Ocean, editado en CD-ROM y basado en un viaje en camello por Australia de la periodista americana Robyn Davidson. En la pantalla del ordenador aparece un mapa de Australia sobre el que se indica la ruta de viaje. El 'lector' puede elegir un punto de la misma y a continuación la voz de la autora narra las aventuras por las que ha pasado en él, sin la presencia de textos. Mientras, como telón de fondo, van apareciendo fotografías sobre el lugar por el que transcurre el viaje. Todo ello se ve acompañado por la música de los aborígenes australianos. En ocasiones el lector, entre comillas, puede elegir entre el relato de la autora o el de su fotógrafo, que también tiene la posibilidad de hablar. De esta forma es posible escuchar versiones diferentes de un mismo hecho.

Este cambio supone una vuelta a la oralidad histórica del relato. Este tipo de 'libro' se encuentra más cercano a los trovadores medievales que al libro de Gutenberg. Suena en él de nuevo la voz de un narrador, los espectadores pueden navegar por el relato y el autor no se esconde detrás del blanco y del negro de las páginas impresas. Todo ello sazonado de música e imagen, y sin texto. Pero, podemos llamar libro a este producto?

8. Internet

Varias veces hemos mencionado ya Internet y resulta obvio que entre los llamados libros electrónicos se deben incluir también los textos divulgados en la red de redes. De hecho, muchos CD-ROM son o han sido simplemente pasos intermedios hacia una divulgación en la red. Pero el 'libro' de la Internet es algo diferente. La forma o aspecto que tiene la información de la red se aleja de los formatos tradicionales preestablecidos a los que estamos habituados.
En Internet el 'libro electrónico' ya no tiene una forma individualizada, ni límites físicos, ni números de página. Internet no sólo contiene textos en sus 'libros' sino que también incluye otros elementos muy diversos (gráficos, imágenes, voz, programas ejecutables, etc.) y enlaces hacia ulteriores informaciones, lo que forma una cadena de información que no tiene fin. Además, a diferencia de la información de los CD-ROM (que en general está prohibido reproducir) casi todo en la red es recuperable para el usuario: colecciones de gráficos a todo color, obras de los museos, textos de conferencias, actas de congresos y artículos de un océano de revistas e infinidad de obras completas. De ello se tratará algo más abajo.
Muchos inventos de nuestro siglo y de épocas pasadas fueron considerados como ciencia ficción o como locuras por nuestros antepasados. Sin embargo, algunos de ellos han acabado por formar parte de nuestro mundo y por convertirse en imprescindibles. Por ejemplo, hoy no podríamos entender la vida sin teléfono, sin electricidad, o simplemente, sin la grafía de las letras. Esto es lo que está ocurriendo hoy con Internet. La red de redes está empezando a ocupar un lugar muy destacado en nuestra vida y constituye ya una auténtica revolución en el mundo de las comunicaciones y de las ciencias de la información.

Esta revolución no solo causará importantes cambios en el modo en que se trata la información, sino que, tarde o temprano, incidirá en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana y, como no, en los educativos y en los referidos al mundo del libro. Internet permite comunicarse y participar en discusiones a millones de personas de todo el mundo, ya sea a través del correo electrónico, o de listas y foros de discusión, que permiten establecer conexiones y comunicaciones directas entre ordenadores de todo el mundo. Por ello constituye la fuente de lo que se ha dado en llamar recursos de información compartidos a escala mundial y es mucho más que una red de ordenadores o un servicio de información. Es la demostración de que la información, el llamado hasta ahora cuarto poder, es totalmente accesible, universal y gratuito. Es decir, el acceso a la red sólo exige pagar unas moderadas cuotas de conexión y costes de llamadas telefónicas locales.
Internet se remonta a la década de los 70. Surge gracias a la Agencia de Desarrollo del Pentágono que intentaba mejorar sus comunicaciones. Después los militares de los EE.UU., que se encontraban atrasados en tecnología de comunicaciones con respecto a los soviéticos, y los investigadores universitarios aplicaron el invento. Se intenta entonces acelerar los procesos de comunicación y se idea un medio para aumentar la rapidez de las comunicaciones, medio que consiste en eliminar el papel de las mismas. El papel hay que escribirlo, guardarlo, mandarlo, abrirlo, leerlo etc. Su envío y recepción producía una enorme pérdida de tiempo, por lo que había que eliminar estos procedimientos. La comunicación sin papel tendría que ser mucho más rápida. Y de hecho lo es. Es curioso que esta red original de la que surgirá Internet nace por tanto como un antilibro, aunque en el fondo no es así, como se verá.
De forma paralela se produce otro invento, esta vez en Suiza, en Ginebra. Allí unos investigadores de física buscaban el modo de trabajar en sus casas y comunicarse desde éstas e inventaron lo que hoy es la web. Esta red no tenía centro, lo cual sigue siendo una de las características de la Internet actual. Ambos avances, mejora de las comunicaciones e invento de la web, formaron la primera red, que se denominó Arpanet y cuya vida llegó hasta 1990. Este año surge Internet y substituye a la red primera, aunque todavía no en la forma en la que la conocemos, y algo después llegaron los navegadores que hoy utilizamos.
Pero por qué se ha desarrollado tanto Internet? La virtud y la idea genial de los creadores de Internet radica en haber conseguido reunir en un mismo lenguaje texto, imagen, sonido y programas. Todo puede entrar en Internet. Todo puede digitalizarse y por tanto transmitirse: textos, imágenes, música, transmisión oral, vídeo. Todo tiene cabida en la red y llegará al mundo entero aunque no ha sido posible, como aventuraba Nicholas Negroponte, que el 31 de diciembre del año 2000 hubiera ya mil millones de usuarios conectados a la red.

9. El libro en Internet

La mejor forma de acceder al libro es a través de una biblioteca. Y esta vía tradicional también funciona en el mundo electrónico. No hay revista que se consulte en la que no aparezcan noticias sobre educación, cultura, libros y bibliotecas en la red. No hay institución académica o cultural que no tenga una página web o que planee tenerla. Es posible consultar catálogos de casi todas las bibliotecas importantes desde el ordenador propio. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los libros siguen depositados en los estantes de las bibliotecas. Su acceso directo por ahora no puede ser otro que el tradicional. Lo que Internet hace es facilitar y acelerar el acceso a la información, es decir, a la localización de los libros.
Aún así, nuestras bibliotecas actuales han cambiado mucho. En ellas los usuarios ya pueden solicitar nuevos servicios desde Internet, como la compra de los libros y revistas, búsquedas temáticas de información o el préstamo de fondos de otras bibliotecas. Debido al inmenso caudal de información que contiene la red, dentro de poco el bibliotecario tendrá que saber orientar al usuario no sólo sobre libros, sino sobre todo lo que hay en ella. Tendrá que facilitar el acceso a publicaciones electrónicas, catálogos, bibliotecas virtuales, etc.
Estos avances suponen evidentes ventajas para el usuario. Pero no sólo éste sale beneficiado de la red. También los bibliotecarios han visto su trabajo muy aligerado, y lo verán aún más en el futuro. Internet facilita ya la catalogación, búsqueda, préstamo interbibliotecario, planificación de adquisiciones, servicio de referencia etc., es decir, muchas de las tareas que ocupan gran parte del tiempo del bibliotecario.

Pero es necesario aludir también a las pequeñas bibliotecas municipales, de barrio, de ciudades de provincias, que son aquellas a las que la mayoría de la población tiene acceso. Lamentablemente en ellas Internet está todavía lejos. La política estatal y comunitaria por el momento no pasa por ahí. Como contrapunto podemos mencionar que todas las bibliotecas de ciudades de más de cien mil habitantes de los EE.UU. están en Internet desde 1997. Allí se ha comprendido antes que aquí que la red no es un capricho, sino un instrumento de articulación y de educación de la población que no vive en las grandes urbes y que, gracias a ella, tendrá acceso a recursos remotos.

Pero pasemos a ver qué es lo que efectivamente se puede hallar en la red en al campo del libro. En primer lugar, las llamadas revistas electrónicas que hoy son editadas por infinidad de instituciones. El número y temática de estas revistas es muy elevado. En el campo de las humanidades puede verse prueba de ello en el web de la Universidad de Alcalá (www.biblio.uah.es) donde una sección de las páginas de la biblioteca permite el acceso a un elevado número de ellas, muchas de las cuales tienen nivel científico. Esto nos indica el verdadero volumen que están adquiriendo las revistas electrónicas. Con seguridad puede decirse que una de las vías principales del acceso del libro a Internet son precisamente estas revistas y publicaciones periódicas. Incluso se dice que en un futuro más o menos lejano están destinadas a sustituir al las que hoy editamos en papel, aunque por ahora este momento no ha llegado aún.
Pero pasemos al libro comercial, que también tiene su espacio en Internet. Entramos aquí en un mundo en el que el negocio es el epicentro. Y el negocio pronto se hará a través de la red. Las compañías comerciales que expiden tarjetas de crédito pretenden hoy erradicar el dinero, que es su competidor. Su intención es que todo se compre en la red haciendo clik sobre su icono. Desde nuestra casa podremos comprar en Milán, Japón, Nueva York o en el supermercado de la esquina. Así, los canales de distribución desaparecerán y las tiendas estarán en peligro. Los productores venderán sus productos de manera directa al público, sin pasar por intermediarios. Todo el poder económico pasará entonces a los productores. Podremos comprar la nueva película de Spielberg telecargándola en Internet y no necesitaremos vídeos, CDROM, ni ir al cine.
Y esta idea es ya válida para los libros, que son de los primeros productos que han aparecido masivamente en la red. Todo lo nuevo puede ya comprarse a distancia, pues las librerías han sido de las primeras entidades comerciales que se han dado cuenta de las posibilidades de la red. En un lapso menor de dos años todas las editoriales o librerías importantes se han apresurado a poner su página en la red: han comprendido el futuro de forma muy rápida. Además han aparecido nuevas empresas que venden libros sólo a través la red, que son sin duda las que han puesto en alerta a las librerías tradicionales, en las que se está empezando a hablar de pérdidas de puestos de trabajo. Su incorporación a Internet supone simplemente su supervivencia. Pero, en nuestra opinión, pronto los autores pondrán también sus obras a la venta en la red, lo cual revolucionará sin duda sus bolsillos y los de sus editores.
Pero tratemos ya de las llamadas bibliotecas virtuales. Hoy está muy claro que las bibliotecas virtuales no van a sustituir a las tradicionales, ni siquiera a largo plazo, por las razones expresadas más arriba. Como se dijo, lo que hacen es facilitar el acceso a la información, como Internet en general.
Sin embargo, en los últimos tres años han proliferado los sitios web que ofrecen a los lectores obras completas de autores diversos. En un principio, estas páginas se dedicaron en exclusiva a obras carentes de derechos de autor o de edición, pero poco a poco estas barreras se están rompiendo. De hecho, cualquier persona puede poner textos en Internet, aunque ello sea ilegal. Pero para salvaguardar esta ilegalidad proliferan también las páginas comerciales, en las que sólo se accede a la información mediante el pago de una cuota que puede llegar a ser completamente inaccesible tanto a personas singulares como a instituciones. [7]
Un interesante ejemplo de libros on line es el Proyecto Gutenberg (promo.net/pg), que ha anunciado la edición en la red de más de diez mil obras, o The on-line Books Page (www.cs.cmu.edu/books.html), que anuncia la edición de ocho mil libros. También la Fundación Botín, de Santander, ha creado recientemente un centro que permitirá a cualquiera recuperar dos mil obras en castellano por Internet aunque aspira a elevar esta cifra hasta las treinta mil. Sirvan estos ejemplos como muestra de algo que está destinado a ocupar parte de nuestra vida académica en el futuro.[8]
Pero el acceso directo a textos en Internet también ha creado una secuela, la venta de trabajos académicos, hechos por encargo y a medida del consumidor o simplemente a elegir entre los títulos de un catálogo [9]. Sin embargo, creo que esta venta académica ha existido siempre. Todavía recuerdo de mis años boloñeses anuncios de tinte sospechoso en periódicos que ofrecían solapadamente tesinas, obligatorias en Italia, a los alumnos de los últimos cursos.

10. Realidad virtual

Cuando en 1962 el cineasta Molton Heilig ideó su paseo virtual en moto por Nueva York, todavía no podía imaginar lo que la llamada realidad virtual iba a aportar en un futuro no muy lejano a nuestros domésticos ordenadores personales. Su invento consistió en una butaca móvil desde la que el espectador asistía al viaje de una moto a través de una pantalla en color con imágenes tridimensionales; además podía oír el ruido de la moto y del ambiente, con sonido estereofónico, y el invento le permitía también apreciar otras cualidades que no ha logrado todavía la virtualidad actual: olores, vibraciones y viento. Así, cuando la moto pasaba por un restaurante se podía oler la comida, o si sobrepasaba un bache la butaca vibratoria se movía.
Este es el precedente más remoto que conozco de un entorno virtual; y esta última palabra nos lleva de nuevo a las bibliotecas y libros virtuales. Pero hasta qué punto son éstas realidades aplicables y útiles en el mundo real? Por desgracia las técnicas más actuales están todavía poco desarrolladas para permitirnos el acceso a un archivo o biblioteca real (no así a sus catálogos, como se ha dicho) desde nuestros hogares o desde nuestros lugares de trabajo, y desde allí consultar en directo páginas de libros, incunables, valiosos manuscritos o vetustos documentos.
Por el momento Internet sólo nos facilita el acceso a imágenes de libros o de algunos códices escogidos y en forma de imágenes planas y fijas. La verdadera realidad virtual todavía tardará en llegar a nuestras casas, archivos, bibliotecas o universidades. Sin embargo, algún día tendremos la posibilidad de entrar por medio de nuestro ordenador en una biblioteca, acceder a través de sus salas y pasillos hasta el estante en el que esté localizado un libro o códice de nuestro interés y, mediante sucesivos clicks del ratón, tomarlo, abrirlo y hojear sus páginas con el fin de leerlo o de elaborar un trabajo de investigación.
De hecho, la compañía Xerox (Palo Alto, California) está investigando ya un sistema que permitirá almacenar información sobre un tema determinado en un objeto con forma y aspecto de libro (es decir de codex), al que se le pondrá una etiqueta perfectamente legible y se almacenará en estanterías localizadas en una habitación tridimensional, que será nuestra biblioteca virtual. Cuando reunamos información sobre otro tema, la almacenaremos en otro libro similar, que se situará en las estanterías al lado del primero. Para recuperar información, es decir, releer un libro o tema determinado, no habrá más que pincharlo con el ratón y podremos hojear y leer sus páginas. Así podremos crear, con el tiempo, una auténtica biblioteca virtual según nuestros intereses y necesidades. Pero cuándo llegarán estos avances hasta nosotros?
Entonces será posible reproducir en un entorno de realidad virtual una insigne biblioteca como la del cardenal Cisneros, fundador de la Universidad de Alcalá. El primer catálogo que se confeccionó de la misma, a principios del siglo XVI, permite situar todos y cada uno de sus libros en sus respectivas estanterías, de manera que podríamos hacer con facilidad una reconstrucción exacta de la biblioteca, con cada estantería y libro en su lugar original. Máxime si sabemos que el recinto original de la biblioteca cisneriana es la actual sala de exposiciones de la Universidad de Alcalá, denominada .Sala 1293..
Las ventajas de estas posibilidades de consulta de libros y manuscritos son muchas y obvias; no es necesario enumerarlas. Pero una de ellas es fantástica: el mismo libro o códice podrá se consultado a la misma hora y en el mismo minuto por un número ilimitado de personas localizadas en cualquier punto del globo terráqueo. Pero también podríamos mencionar algún inconveniente: cuánto costará el disfrute de este servicio al investigador? Se me antoja que no puede ser algo gratuito, pero por el momento no hay respuesta a la pregunta.
Hoy existen ya magnos proyectos de digitalización masiva de libros y manuscritos en bibliotecas como la Biblioteca Nacional de Madrid, la Nacional de París y la del Congreso de los Estados Unidos. Con presupuestos millonarios se pretende digitalizar una ingente cantidad de publicaciones periódicas, libros y manuscritos, en especial valiosos y deteriorados. Pero habrá que ver los resultados finales de estos proyectos. Porque una cosa es digitalizar un códice del siglo X y otra es que el investigador pueda consultarlo desde su casa y, sería deseable, de manera gratuita. Se dice que en diez años todo lo escrito por el hombre estará en soporte informático, pero que habrá que esperar otros diez para que todo sea accesible desde cualquier ordenador doméstico.

11. Contrastes

Toda esta parafernalia nos da la impresión de que hoy nos encontramos en un mundo casi virtual en el que todo está disponible a nuestro antojo y, por ahora, de forma gratuita. Tenemos que considerarnos por ello unos privilegiados pues Internet está produciendo un abismo entre quienes lo usan y quienes no tienen posibilidades de acceso. Y esto nos da pie a mencionar, a modo de ejemplos, una serie de contrastes con los que convivimos, en la mayoría de los casos sin saberlo.
Es necesario mencionar en este apartado los libros manufacturados que produce la editorial cubana Vigía. Sus miembros carecían en sus orígenes de medios para montar una editorial al estilo occidental y se conformaron con elaborar libros artesanos con papel reciclado, reutilizado y con auxilio de una máquina de escribir como único medio mecánico. Elaboraron así ediciones de 200 ejemplares máximo, que solían vender fuera de Cuba. No quiero decir con ello que el sistema político de Fidel Castro prohiba la impresión de libros, pues Cuba los edita aunque de calidad muy modesta por cuestiones económicas. Pero no es menos cierto que esta situación obedece al carácter oral del sistema político castrista, que se basa en los interminables discursos y arengas de Castro, y que sin éstos deja de existir. Una sociedad oral deja de existir sin su discurso o con la intromisión de la escritura y del libro. [10] Oralidad y escritura están aquí enfrentadas. El libro comprime años de trabajo de un autor en 200 ó 300 páginas, que el lector puede aprehender en un solo día. Y ya hemos visto las posibilidades de acceso a libros (entendiendo estos en sentido amplio) por Internet. Es aquí donde podemos apreciar el abismo que separa a quienes tienen acceso a la red de quienes no lo tienen.
Me viene a la mente aquí la anécdota, lejana a nosotros en el tiempo, procedente de las cartas de don Claudio Sánchez-Albornoz dirigidas a mi padre en las que desde Buenos Aires le pedía que robase libros de su propia biblioteca confiscada por el franquismo en Madrid. Es esta una buena prueba de supervivencia ante una escasez de recursos producida, en este caso, por discrepancias políticas del ilustre historiador con el régimen español de aquel momento.
Otro contraste nos lo brinda la Pequeña Historia del libro de la editorial Labor, que dedica un capítulo final al futuro del libro. Hemos hablado de CD-ROM e Internet y nos podemos preguntar: contribuirán estos medios a que los habitantes de la India abandonen su analfabetismo endémico? El 15.8.97 el diario *El Mundo+ publicó unas declaraciones del presidente de esta nación con motivo del quincuagésimo aniversario de su independencia, en las que señalaba que los problemas del país eran cuatro: pobreza, enfermedad, corrupción e ignorancia. Esta sociedad publicó en 1981 11.500 libros, cuando contaba con más de 600 millones de habitantes. No tengo datos más cercanos. Qué posibilidades tiene de subirse al carro de Internet? Me temo que ninguna o muy pocas. El distanciamiento entre quienes accedemos al nuevo medio y los que no, puede ser aquí definitivo? Es de esperar que no, aunque las perspectivas no sean muy halagüeñas.

12. Libro impreso o electrónico?

Por otra parte, se ha dicho que desde la aparición de Internet se lee poco, por lo menos libros convencionales, o, si acaso, menos de lo que los editores quisieran. Este fenómeno es cierto y ha influido en el libro electrónico. La relativa escasez de venta del libro impreso va siendo sustituida por los editores con nuevos productos electrónicos: se lanzan a crear 'libros' cuyo contenido no es excesivamente importante pero que son más atractivos puesto que están dotados de gran profusión de imágenes y de sonido. En 1996 casi un tercio de las publicaciones electrónicas editadas pertenecían al campo de la ciencia y la técnica, y casi la mitad de ellas se dedicaba a temas jurídicos y legales. Esta nueva literatura profesional crece a un ritmo superior a otros tipos de libros, por lo que su oferta será cada vez mayor. [11]

Pero, esto significa que muere la letra impresa? Es esta una cuestión crucial en el mundo del libro y que muchos se han planteado. Muchas empresas informáticas, siguiendo los vaticinios de McLuhan, esperaban que sucediera algo parecido y que el uso del papel descendería conforme nos fuéramos incorporando al nuevo mundo electrónico.
La supuesta desaparición del papel también fue anunciada por muchos artículos, libros, programadores, académicos y agoreros diversos, que preveían la muerte de la cultura impresa o su desaparición inmersa en el ciberespacio. Sin embargo, todas estas voces exageraban sin duda. De hecho la cultura virtual es impensable sin el apoyo del libro impreso, que es su modelo y a cuya semejanza ha sido creada. Son también muchos autores los que apoyan está última idea.
Cada vez que ha aparecido en nuestra historia un nuevo medio (radio, televisión, fotografía, vídeo, etc.) se ha anunciado la muerte de su inmediato antecesor. Pero ello no ha sucedido nunca. Lo mismo ha ocurrido con el libro electrónico que ha sido designado como el verdugo del libro impreso en formato codex. Pero nada más lejos de la realidad. Ninguno de los nuevos medios acabó con el anterior, aunque sí contribuyó a su cambio y evolución. Y el libro electrónico, ya sea CD, DVD o en la red, tampoco acabará con el impreso. Si acaso, con quien acabará es con la librería de la esquina [12] o con algunas de nuestras librerías urbanas y con parte del comercio directo, cuyos responsables poco han tardado en instalarse en Internet, como se ha dicho.

Durante cinco milenios nuestra vida ha estado vinculada a la escritura. Qué sería pues de nosotros sin nuestros libros ni escritos privados a los que amenaza la nueva cultura digital? La escritura impresa no desaparecerá, pero habrá cambios. Tantos como los que produjo la aparición del alfabeto, el paso del rollo al códice o la aparición de la imprenta, de la que el veneciano Filippo di Stara renegaba afirmando que la pluma es una virgen, la imprenta una puta. Se refería con ello no sólo al peligro que veía de que se plasmasen por escrito textos inmorales o heterodoxos, sino a que la imprenta divulgaría el saber entre los 'ignorantes'. Recelaba así el temor de que la imprenta acabara con el tradicional monopolio de unos pocos sobre la cultura escrita.
Hay por tanto bastante escepticismo hacia la posible desaparición del libro tradicional por causa del libro electrónico. La enorme capacidad de almacenamiento o la posibilidad de integrar imagen, sonido y texto no contribuirán a la desaparición del libro impreso. Es más, los intelectuales consideran hoy que el libro impreso es un soporte imprescindible de nuestra cultura y que supone un desahogo del bombardeo informático y audiovisual cotidiano. Esta es la opinión más generalizada y aceptada. Sin embargo no todos piensan lo mismo. Algunos autores imaginan un mundo sin el libro tradicional impreso y compuesto de páginas, aunque nadie se aventura en describir cuando sucederá esta desaparición.
Por contra, Armando Petrucci, en una conferencia pronunciada en Erice, en 1993, dio pruebas, por medio de un ejemplo paralelo, de la no desaparición del libro impreso al referirse al paso del manuscrito al impreso. Se había dicho que éste acabaría con aquel. Todo lo contrario, en el siglo XVI se produjeron en Europa más manuscritos que en toda la Edad Media. Lo mismo vale en mi opinión para el siglo XX: seguramente se editarán en nuestro siglo más libros impresos que en los cinco precedentes. Vivimos en un mundo en el que la producción editorial en papel sigue creciendo. De hecho la oferta de libros no ha sido nunca tan abundante, tan generosa y tan poco sometida a condiciones como hoy.
Nada substituirá al libro impreso que tendrá siempre la ventaja del acceso directo, mientras que el electrónico o digital necesitarán de un medio adecuado que actúe de intérprete ante el lector para aprehender su texto. De hecho, por alguna oscura razón que se nos escapa, resulta imposible realizar un trabajo de redacción definitivo o de lectura larga y profunda sobre textos a través de la pantalla de un monitor, por lo que todos los imprimimos para corregirlos en sus últimas instancias. En definitiva somos, como dice José Saramago, escritores (o lectores, añado yo) a la antigua, es decir aquellos que en un casi olvidado pasado tuvimos que teclear nuestros textos con la máquina de escribir y proceder a su lenta y penosa corrección manual hasta llegar a la redacción definitiva. Es curioso que el propio Negroponte, estandarte de lo electrónico y digital, confiesa su necesidad de actuar de idéntica manera cuando trabaja con sus textos.
Pero volvamos a la hipotética desaparición del la letra impresa. Gary Stix refiere el nacimiento de una revista electrónica informal en la que autores de física americanos editan resúmenes o artículos todavía no evaluados por expertos. Se entiende que estos trabajos no pasan a papel hasta que la evaluación se efectúe. Pues bien, muchos físicos ya no leen las versiones impresas definitivas y simplemente acceden por Internet a la máquina que recoge estas primeras redacciones.
El autor se pregunta qué pasaría si todas las ciencias adoptasen este sistema, que cuenta con ventajas observables a primera vista. Por un lado, se elimina la demora que sufre la edición en papel de los trabajos científicos, que es de meses o años. Por otro, se reducen los costes de edición. Según Stix, en el campo de las matemáticas la mitad del millón de artículos de revistas existentes se han editado en los últimos 10 años, lo cual ha gravado de forma brutal a los suscriptores, ya sean particulares o centros académicos. De hecho, son cada vez más las instituciones que editan revistas por Internet y, en contra de lo que pueda parecer, la mayoría son de humanidades.
Pero en mi opinión, ningún medio que se venda impreso sitúa en la red toda la información de que dispone. Si consultamos las páginas de cualquier periódico veremos resúmenes de informaciones, comentarios adicionales, información marginal. Si un periódico se publica íntegro en Internet tarde o temprano sufrirá pérdidas económicas, aunque este hecho se está paliando mediante la obtención de otros ingresos, en su mayoría publicitarios. Si yo publico la revista .Signo., que se autofinancia, en Internet, perdería muchos o todos los suscriptores. En definitiva, esta es una nueva razón que apoya la perdurabilidad de la letra impresa. Sin embargo, nadie se aleja demasiado de Internet, es necesario estar presente. Si no se te puede encontrar allí, no existes. Esto hace recomendable a todos, sobre todo a los universitarios, estar conectados a la red.

13. Los nuevos 'libros'

La letra impresa, por tanto, no muere pero cambia. Ya mencionamos algunos cambios que adoptará el libro electrónico en el futuro, como aquellas novelas y narraciones en CD-ROM en las que voz, imágenes y sonido sustituían por completo al texto escrito. Trataremos aquí de otras cuestiones.

1. Uno de los cambios más importantes que sufrirá el libro electrónico será el aspecto de la información y de los libros que utilicemos. Como elemento de referencia o modelo del libro electrónico hoy seguimos utilizando la página plana de los libros impresos. Sin embargo, la página es innecesariamente limitante. En el futuro será suplantada por soluciones que permitan a los usuarios consultar información desde varias perspectivas simultáneas, no desde una sola, como ocurre con el libro impreso o en el electrónico. Esto se logrará por medio de un ambiente virtual tridimensional como el que mencionamos a propósito de la hipotética reconstrucción de la biblioteca cisneriana. Lo cierto es que la propia Internet tendrá una imagen virtual con el tiempo a la que accederemos en tres dimensiones. Sin embargo, podremos seguir accediendo a la información en modo texto, que no se perderá, como tampoco la letra impresa.

2. Por todo el mundo, las bibliotecas han emprendido la hercúlea tarea de creación de copias digitales de libros, imágenes y grabaciones. Los bibliotecarios ven en la digitalización tres ventajas claras: la preservación de los objetos en los que se evita la manipulación; la comodidad: libros y manuscritos serán accesibles desde nuestras casas en tiempo escaso y manuscritos únicos se podrán consultar sin limitaciones; el ahorro de espacio: hoy el gasto más importante de las bibliotecas es la construcción de nuevos edificios cuando se agota su espacio.

La Biblioteca Nacional de Madrid, por ejemplo, sigue un proyecto de digitalización que está dirigido a permitir la investigación y divulgación a través de la red, evitando en lo posible la manipulación de originales. Es obvio que el ingente fondo que custodia hace imposible la reproducción de su totalidad, por lo que fue necesario elegir. Y se eligieron, por una parte, obras deterioradas y con riesgo de extinción. Es el caso de la prensa, que por las características y mala calidad del papel se encuentra en un avanzado estado de deterioro, que la manipulación agrava. Por otro, obras valiosas, manuscritos, incunables y raros. Parece que el proyecto prevé la digitalización y microfilmación simultánea, pero no está claro. El plan cubrirá 90% de la prensa pero sólo el 30% de los fondos valiosos. En total, si estas previsiones se cumplen, en breve plazo cambiarán de soporte 55.500 obras valiosas y 57.000 unidades de prensa.
También la Biblioteca Nacional de París va a digitalizar 110.000 volúmenes valiosos de sus fondos y la Biblioteca del Congreso de los EE.UU. nada menos que cinco millones. Se dice que en breve la mitad de nuestras bibliotecas será ya digital, pero harán falta muchos años más para sus fondos sean accesibles on line.

3. Otro tema sobre el que se discute son los derechos de autor. Todo lo que está en la red es accesible a cualquiera de forma gratuita, por ahora. Es decir, nadie que pone un texto en la red espera que le paguen por ello y sabe que cualquiera podrá usarlo, copiarlo, difundirlo etc. Todo aquello que está prohibido y se vigila celosamente en libros, vídeos, películas no tiene sentido en la red. Pero este tema adolece de un vacío jurídico enorme. Teniendo en cuenta lo dicho, qué pueden digitalizar las bibliotecas, o que podemos poner nosotros mismos en Internet?

Por ahora se evita digitalizar obras con derechos vigentes, normalmente las comprendidas entre 1920 y 1990 (después de este año se considera que gran parte de lo editado tiene formato electrónico). La compañía Corel editó en 1996 un CD-ROM titulado Classic Books en el que se incluían 3.500 obras completas carentes de derechos de autor, desde autores clásicos, como Platón, hasta contemporáneos, como Darwin. Lo curioso es que el disco se vendía a 3.500 pesetas por lo que cada obra completa costaba una peseta. Esto significa que las editoriales y los autores tendrán que defenderse a ultranza de posibilidades semejantes.

El problema de editar textos para un público amplio no es nuevo. Literatos como Lope de Vega o Molière siempre se negaron a editar sus obras, aunque finalmente se vieron obligados a hacerlo para fijar por escrito sus textos de manera correcta, pues en ediciones piratas se les atribuían frases de baja calidad. Esta constumbre obedecía a un intento de dar lustre a las ediciones mediante la mención de un autor de renombre. [13]

Se ha llegado incluso a anunciar la desaparición total de los 'copyright'. Pero nada más lejos de la realidad. Si nos fijamos bien, por el momento en Internet no hay excesivos textos de alta calidad y la mayoría de lo que encontramos es divulgativo o muy caro e inaccesible. Recordemos lo dicho antes sobre este mismo tema y sobre la revista .Signo. y saquemos conclusiones: ni autores ni editores pueden ganarse la vida regalando su trabajo a Internet. Hoy basta pulsar un botón para imprimir un libro entero, o la obra de toda una vida. Por eso, la mayoría de autores y editores se niegan a publicar en la red.
Cómo solucionar esto para no minusvalorar Internet? Parece inevitable el mencionado sistema del pago, ya sea por el acceso a textos de la red como por la carga de obras o periódicos en los e-books. Estos sistemas permitirán leer y tener determinadas obras a cambio de un pago, de forma que el comercio de libros se desarrollará de manera parecida al del libro en papel. Sin embargo, no serán del todo seguros. De la misma forma que hoy podemos fotocopiar cualquier obra impresa, expertos informáticos podrán acceder fácilmente a cualquier información textual, de manera que habrá que paliar la copia ilegal con ulteriores soluciones. Sólo así llegarán a la red obras de autores de alto nivel literario y científico.

4. Otra cuestión candente es la valoración académica de los trabajos editados en Internet. A pesar de lo dicho antes a propósito de los físicos americanos, creo que la edición en la red por el momento no se valora en exceso en nuestro campo de las Humanidades. Esta es otra cortapisa que impide el paso de muchos textos a Internet. Pero se tendrá que solucionar, pues un texto impreso no tiene por qué ser de mejor calidad que uno electrónico. Aún así, mucha gente deberá ser convencida de ello.

5. Todo lo relativo al acceso a la información, y por tanto al libro, bajará de precio. Cuantas más personas se conecten a la red, más baratos serán el acceso, programas y aparatos. Lo que hoy casi nadie puede comprar, pronto lo tendremos todos. Por contra, la sobreexplotación de la red también trae previsiones opuestas. Se ha propuesto que para evitar los colapsos quienes accedan a la red paguen una cantidad. Pero esto es muy dudoso por ahora, puesto que a quién habría que pagar?

6. Es posible también hablar de libros para ciegos en Internet. Existen ya programas que leen cualquier texto que aparezca en pantalla para hacerlo accesible a invidentes. Son capaces de utilizar diferentes voces y entonaciones para títulos, textos en negrita, textos normales etc.

7. Mientras que la letra impresa y la manual tienen la propiedad de ser legibles a simple vista sin especial auxilio de máquinas, la información digital y electrónica no goza de esta característica. Como se ha dicho, para la recuperación de la información de un CD-ROM es necesario un lector que actúe de intérprete. Pero dado lo rápido que avanza la técnica hasta cuándo serán legibles los CD-ROM o DVD de hoy? Este problema preocupa a los científicos más que la duración física de los soportes. La legibilidad de un soporte cualquiera es otro de los misterios del futuro próximo y exigirá que todo lo que se invente pueda leer lo anterior, cosa que hasta ahora no se cumple.

14. Epílogo

Vista la situación actual de lo que podríamos llamar libro electrónico o digital cabe preguntarse qué nuevas sorpresas nos depara el futuro inmediato? Ya están a la vuelta de las esquina los ordenadores sin pantalla y sin teclado, escáneres tridimensionales, ordenadores cuánticos, robots, androides y otros muchos mundos por descubrir, explorar y desarrollar. Y es sintomático que los únicos que hablaban en los años 60-70 de las posibilidades reales de los ordenadores son los autores más conocidos de ciencia ficción, como Arthur C. Clarke, Isaac Asimov o Ray Bradbury.
Recientemente se ha inventado un ordenador molecular mil veces más potente que los actuales. Su chip tiene el tamaño de un grano de sal y podrá ser introducido dentro de un organismo. Se comienzan a cumplir así las profecías de otro escritor de ciencia ficción, Rudy Rucker, que imaginó en el casi lejano 1982 un hombre dotado de una especie de disquetera en la cual se podían introducir registros diferentes, de manera que el protagonista tenía la posibilidad de vivir una vida u otra. Más allá va una conocida serie televisiva de ámbito futurista que aventura seres humanos conectados en red, mediante un chip implantado en su cerebro, capaces de leer libros a través de un código de barras pero incapaces de procesar información analógica alfabética, es decir, escritura. De esta forma, el hombre podría llegar a convertirse en una especie de biblioteca viviente, o incluso en un Internet ambulante.
En definitiva, el libro electrónico no es más que uno de los vértigos que han pasado por la humanidad. Platón sufrió el del manuscrito, el renacimiento el de la imprenta y nosotros el propiciado por esos nuestros acompañantes diarios, los ordenadores que procesan nuestra escritura.

15. Bibliografía empleada

Album. I luoghi dove si accumulano i segni (dal manoscritto alle reti telematiche), a cura di Claudio Leonardi, Marcello Morelli e Francesco Santi, Centro Italiano di Studi sull'alto Medievo, Spoleto 1996, en especial parte III. Iperalbum.

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Castillo Gómez, Antonio, 2040: Un mundo sin libros?, "Sildavia" (fanzine editado en Torrejón de Ardoz).

Codina, Lluis, El Llibre digital. Una exploració sobre la informació electrònica i el futur de l'edició, Centre d'Investigació de la comunicació, Generalitat de Catalunya, Barcelona 1996.

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Stix, Gary, Muere la letra impresa?, "Investigación y Ciencia", 221 (1995, febrero).

Resumen

El libro ha tenido diversos formatos a lo largo de nuestra Historia, pero desde la aparición de los medios de comunicación electrónicos y digitales su forma y condición han sufrido cambios profundos. CD-ROM, DVD e Internet han favorecido la divulgación masiva de los llamados "libros electrónicos" y han creado nuevas posibilidades laborales y de uso a bibliotecarios, usuarios, librerías, autores y lectores en general. El paso a los nuevos libros no está sin embargo exento de problemas, y entre ellos se encuentran la piratería y la preservación de los derechos de autor; la creación de verdareras bibliotecas y librerías virtuales en entornos tridimensionales; la valoración académica de los textos; los contrastes sociales que produce en el mundo de la cultura el acceso a Internet; o el hipotético enfrentamiento entre libro impreso y electrónico. Asimismo, ya se aventuran algunas características futuras de estos últimos libros, como la pérdida del texto, el pago de derechos de acceso a los autores a través de la red o la modificación de los circuitos de venta.

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Carlos Sáez


[1] Este trabajo se encuadra en un proyecto de investigación más amplio, Documento, lengua y cultura escrita, PB97-777, financiado por la DGES. Agradezco a Margarita Gómez Gómez y a Antonio Castillo Gómez su ayuda y útiles consejos.

[2] Véase Nicholas Negroponte, El mundo digital, Madrid 1995; Jeroen Duijvestjin, El libro electrónico,  "Lateral. Revista de Cultura", 18 (1996, junio), y, por ejemplo, un artículo del periódico "El Mundo" (de 22.11.97) cuyo titular rezaba: Negroponte anuncia el desarrollo de un periódico de papel recargable.

[3] En el verano de 1997 comenzaron a anunciarse discos y lectores DVD en España pero hasta el año siguiente su presencia en nuestros mercados fue nula. A finales de 1999 comenzaron a invadir el mercado doméstico.

[4] Por citar el ejemplo más exagerado que ha caído en nuestras manos, mencionaremos la edición en CD-ROM de la Patrología Latina, que cuesta nada menos que siete millones de pesetas. Por la suscripción anual de un solo usuario a la web se cobran unas 650.000 pesetas.

[5] Sergio Cabrera, Llega el disco más versátil. DVD, "Home PC" (1998, noviembre) p. 34-40. En este último artículo se informa que algunas marcas comerciales se resisten a esta división por zonas y anuncian lectores operativos en todas ellas. Asimismo, hemos hallado ciertas diferencias en la delimitación de zonas en varias de las publicaciones consultadas.

[6] Sobre el concepto y origen del hipertexto puede verse la obra de J. Pasquier y J. Monnard, Livres électroniques. De l'utopie à la réalisation, Presses Polythéchniques et Universitaires Romandes, Lausanne 1995.

[7] A lo dicho en la nota 4 se podrían añadir otros muchos ejemplos: Database Acta Sanctorum, cuyo CD-ROM y acceso a la red cuesta 7.750 libras esterlinas anuales; o el PCI español: acceso online a los sumarios de las publicaciones periódicas españolas editadas entre 1770 y 1990, cuya conexión monousuario cuesta 100.000 pesetas anuales.

[8] Para ampliar información: J. Ignacio Díez Fernández, Los manuscritos en la Red: catálogos, digitalizaciones y proyectos, "Signo. Revista de Historia de la Cultura Escrita", 6 (1999) pp. 145-160.

[9] "El País", 4.6.99, p. 30, artículo titulado Vendo ensayo sobre Mme. Bovary.

[10] Richard A. Lanham, Alfabetización digital, "Investigación y Ciencia" 230 (1995, noviembre) pp. 120-121.

[11] Cuaderno de "El Urogallo", Revista literaria y cultural, 121 (1996, junio) dossier: Hacia un nuevo ágora. La cultura en las redes virtuales, p. 37.

[12] Como reza el título de un artículo aparecido en el diario "El Mundo" el 31 de diciembre de 1998, p. 30.

[13] Conferencia de Roger Chartier pronunciada en la Universidad de Alcalá el 17.2.2000: Entre el escenario y la edición impresa: el texto teatral en el Siglo de Oro.

 

Piero Majocchi


    Ultimo aggiornamento:
    11 febbraio 2010

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